Un ruidito en la oscuridad

Un prólogo (desde el fondo de las cobijas)

Todo mundo lo sabe: asustar en Día de Muertos o en Halloween tiene poca gracia. Es de principiantes, de muertos sin imaginación. Pero asustar en Navidad es hazaña digna solamente de fantasmas experimentados: los que provocan que la sangre se hiele en nuestras venas con apenas un ruidito en la oscuridad; los que arrastran una historia de crímenes horrendos; los que flotan sobre el aire con una cabeza –la propia– entre las manos. Por eso, el invierno pertenece, sin duda, a los más grandes fantasmas. Sólo a ellos.

Y, tal vez, a Santa.

Porque es cierto: el señor Claus tiene alguna que otra habilidad fantasmagórica (es invisible, atraviesa paredes, observa lo que haces todo el año y sin que lo veas).

Pero de todos modos, para Navidad me gustan más los viejos espectros. Incluso vestidos con la sobria elegancia de sábanas y cadenas, se les nota el porte desde lejos.

Alimentar al miedo (con las uñas)

Comerme las uñas de un tirón, presa de angustia, mientras leo un cuento de fantasmas (Dickens, Blackwood, James…). Mantener los ojos abiertos, metido en las cobijas; hecho bolita al más puro estilo ninja pero con menos ánimo combativo. Temblar y sofocar un grito cada vez que oigo un ruido como de canicas que corren sobre el techo. El pavor. El miedo. Eso es lo que me gusta. En especial, en las noches largas –como sombras en el Polo– del invierno.

Tal vez por eso, por alimentar el miedo, es que jamás me he animado a sorprender in fraganti a ese gordito bribón que entra en casa sin permiso una vez al año. Pero quién sabe. Como dije antes: a lo mejor resulta que el Sr. Claus también es un fantasma. Podría ser.

La verdad está ahí afuera… temblando de frío y miedo, segurito.

—Por Alberto.