La máquina de flotar

La imaginación vuela. Los sueños flotan. Con un poco de imaginación y otro tanto de buen sueño, es posible hacer las dos cosas al mismo tiempo. O al menos así les ha ocurrido a algunas personas. Como al niño Zhuge Liang, en China, en un tiempo en que no había televisión o internet: en el siglo III.

Como a casi todas las niñas y niños chinos de su época, A Zhuge le encantaban los papalotes. Pero más que nada, soñaba con un juguete que volara por sí mismo. Tras muchos años de pruebas, un día lo consiguió, con apenas unas varas de bambú y un poco de papel. Y fue así como Zhuge Liang se convirtió en el inventor de las linternas voladoras, precursoras del globo aerostático.

Linternas de Kong Ming

Al crecer, siendo ya un brillante general y estratega conocido como “Kong Ming” (que quiere decir dragón durmiente), su invención infantil le salvó la vida durante una batalla en la que él y su tropa terminaron sitiados, rodeados por el enemigo.

El general Zhuge, sin embargo, sabía que más allá de las colinas y montañas, al otro lado de los muros de la ciudad sitiada, había un ejército aliado al que podía pedir ayuda. ¿Pero cómo hacerlo, si solo asomar la cabeza significaba exponerse a la velocidad implacable de una flecha o al portentoso golpe de una lanza?

Zhuge recordó entonces su viejo artefacto. De inmediato, ordenó a sus tropas que reunieran hojas de papel y varitas de bambú, con las cuales les enseñó a construir sus lámparas voladoras en un abrir y cerrar de ojos. Hecho esto, solo tuvo que esperar a que el viento soplara en la dirección precisa.

Y el viento lo hizo. Ante la perplejidad de sus enemigos, cientos de pequeñas linternas se elevaron por encima de los muros de la ciudad, llevando el mensaje de auxilio detrás de las montañas. Poco más tarde, Zhuge y su ejército fueron rescatados.

Por eso, desde entonces, a esos juguetes flotantes se les llama “linternas de Kong Ming”.

El padre volador

Muchos siglos después, un sacerdote estuvo cerca de alcanzar el cielo en vida, gracias a un invento suyo que flotaba. Y el tal cura no fue constantinoplense ni romano, sino brasileño. Su nombre: Bartolomeu Lourenço de Gusmão.

Pues bien. El 8 de agosto de 1709, el ingenioso Bartolomeu se presentó ante el rey Juan V de Portugal, con la seria intención de mostrar a la corte un invento suyo al que consideraba la primera máquina de flotación jamás imaginada, y a la que bautizó con el bonito nombre de passarola.

Algo así debió lucir la passarola de Bartolomeu. Fuente: Wikimedia Commons. La imagen original, según el sitio, se encuentra en la Biblioteca Nacional de Francia.

Ante los ojos atónitos de la corte que atestiguó el prodigio, la passarola del sacerdote comenzó a flotar por encima de la superficie terrestre; a elevarse magnífica en pos de las nubes, la gloria y las órbitas celestes, hasta alcanzar la considerable altura de… tres o cuatro metros. Más o menos.

De cualquier modo, aquello era maravilloso y el invento pronto cobró fama. Excepto que no a todos les gustó. Y al “Padre volador” (como se le llamó desde entonces a Bartolomeu) no lo esperó la gloria, sino la Santa Inquisición, que lo declaró “socio del diablo”.

Como has de imaginar, al talentoso cura no le quedó así más remedio que huir, para no morir quemado en la hoguera o algo parecido.

Un gallo, una oveja y un pato

Mejor suerte que Bartolomeu corrieron en Francia los hijos de un fabricante de papel: los hermanos Joseph y Jacques Montgolfier.

Cuenta la historia (que a veces miente y a veces no) que una noche, mientras jugaban con bolsas de papel invertidas sobre el fuego de la chimenea, los hermanos descubrieron que las bolsas se elevaban en el aire. Maravillados, con el paso de los años, comenzaron a hacer experimentos cada vez más atrevidos, pero ya no usaron bolsas, sino globos hechos y derechos, fabricados por ellos mismos con telas de mayor resistencia que el papel.

Aquí, los malvados Montgolfier hacen experimentos en su patio para asustar a sus primos. Imagen: Wikimedia Commons.

Hasta que en 1783, al fin decidieron hacer una demostración pública de su ingenio: el globo aerostático.Sus primeros tripulantes, sin embargo, no fueron humanos, sino otros animales: un gallo, una oveja y un pato, a quienes los Montgolfier subieron en una pequeña cesta atada al artilugio.

Inflada por el aire caliente, la inmensa pelota ¡se elevó más de 20 metros en el aire!, ante el desconcierto y asombro general del público. Sobre todo, dicen, de la oveja.

El gallo, la oveja y el pato, según la bonita interpretación del legendario ilustrador y humorista argentino Oski (a.k.a. Óscar Conti), para la enciclopedia El Quillet de los niños.

Nadie lo sabe a ciencia cierta, pero es probable que los animalitos se sintieran felices. No tanto de pasar a la historia como los primeros tripulantes de un globo, sino de aterrizar sanos y salvos, un par de kilómetros más adelante de su punto de partida.

Como sea, gracias al gallo, al pato y a la oveja, habría de pasar poco tiempo para que las personas comenzaran a tripular ellas mismas los prodigios de su imaginación científica.

A partir de entonces también, muchos han sido quienes se han aventurado a explorar el cielo en globos y dirigibles, a lo largo de cordilleras, océanos, desiertos y aun el Polo Norte.

Con algo de suerte, quienes amamos los globos quizá logremos alguna vez inundar el techo de la Tierra con globos aerostáticos de todas formas y tamaños. Y convertir el cielo en una fiesta escandalosa de colores, que alumbre nuestra alegría de andar por ahí, flotando, dando vueltas por el ancho cielo, igualito que las nubes. Tan sabihondas ellas.


Ah, por cierto, los globos aerostáticos flotan gracias al aire caliente en su interior, que pesa menos que el aire frío en el exterior. Pero mejor échale un ojito a la siguiente ilustración de nuestro amigo Juventino, a cuyo arte debemos también la portada de este artículo.

Ilustración: Juventino Sánchez Vera

Y para contarte por qué el aire caliente es menos pesado que el aire frío, tendríamos que hablar de algo llamado “Principio de Arquímedes”, que también explica, entre otras cosas, cómo es que los barcos flotan. Pero otro día platicaremos de eso, ¿va?

- Por Alberto