¿Hay alguien allá afuera?

Desde siempre, a la humanidad le ha intrigado saber cuál es su lugar en el universo. Y también si existen otras formas de vida semejantes a la suya. Tal vez por eso nos gusta inventar historias (en el cine o en los libros), en las que la Tierra es visitada por seres extraterrestres, o donde nosotros visitamos otros planetas con vida. Pero no todas son ficciones. A veces, la gente de ciencia también quiere saber si hay alguien allá afuera. Entonces envía señales, por si alguien algún día las responde: bzzz, bzzz, bip, bip… ¿hay alguien por ahí? bzz, bzzz, bib, bip, bip…

Así es como luce una abducción de peluquín. Ahora ya sabes por qué grita el famoso personaje del cuadro de Edvard Munch, “El grito”. Por Gabriela Soriano.

El 19 de septiembre de 1959, la revista Nature publicó un artículo titulado: “Buscando Comunicaciones interestelares”. Estaba firmado por dos jóvenes físicos: Philip Morrison y Giuseppe Cocconi.

Estos muchachos decían ahí que podían existir muchas sociedades alienígenas tecnológicas en otros planetas. E incluso cabía la posibilidad de que esas sociedades fuesen más antiguas que la humana y, tal vez, hasta más avanzadas tecnológicamente.

Si aquello era así, los científicos extraterrestres, allá en los observatorios de sus planetas, considerarían nuestro sistema solar como candidato a albergar una sociedad tecnológicamente avanzada (la humana). Y sin duda, intentarían establecer comunicación. ¿Pero qué medios usarían los extraterrestres? ¿Cómo intentarían comunicarse con nosotros (es decir, si lo intentaban)?

Y Morrison y Cocconi respondieron: ¡con ondas electromagnéticas! Así es: los extraterrestres —pensaron Philip y Giuseppe— usarían ondas electromagnéticas como la radio y la luz, por ejemplo, pues ambas viajan rapidísimo: a la velocidad de la luz (300,000 kilómetros por segundo).

Además, la conclusión de su artículo emocionó a muchas personas:

“No sabemos si encontraremos señales de vida extraterrestre inteligente; pero si nunca lo intentamos, la probabilidad de éxito es cero”.

Aquello sonaba perfectamente razonable. ¿Por qué no buscar vida más allá de nuestro planeta? Así que la gente de ciencia decidió intentarlo y poner manos a la obra.

Radiotelescopios

SETI es el acrónimo del inglés Search for ExtraTerrestrial Intelligence ( Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre). Desde los años 70 del pasado siglo, existen varios proyectos SETI que tratan de encontrar vida extraterrestre inteligente. Y lo hacen explorando el espacio con radiotelescopios.

Básicamente, los radiotelescopios sirven para captar señales electromagnéticas del espacio. A través de esas señales, la gente de ciencia —que son casi siempre detectives geniales, al estilo Sherlock Holmes— puede conocer algunas pistas de lo que existe allá afuera, más allá de nuestra vista.

La gente de ciencia, igual que Sherlock Holmes, también es detective. Y a veces busca pistas en las ondas electromagnéticas. Ilustración de Sidney Paget (1892).

Por otro lado, los radiotelescopios no solo sirven para captar señales. También pueden ser usados para transmitir mensajes. Y eso es justo lo que se les ocurrió hacer a los científicos Carl Sagan y Frank Drake con el radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico, en 1974, cuando decidieron enviar un mensaje al espacio, con la esperanza de que alguna inteligencia extraterrestre lo encontrara y pudiese comprenderlo.

El mensaje de Arecibo está escrito en código binario y es muy sencillo. Básicamente, contiene información sobre la Tierra y la especie humana.

Desde que Sagan y Drake enviaron ese mensaje hasta hoy, han pasado 43 años. Pero todavía no hemos recibido respuesta del espacio.

En la Tierra, en cambio, algunas personas de espíritu bromista han hecho aparecer algunos mensajes que parecen respuestas. Uno de los más famosos surgió en 2001. Pero los supuestos extraterrestres no usaron ninguna onda electromagnética, sino un campo de trigo contiguo al radiotelescopio de Chilbolton, en Hampshire (Reino Unido).

La mayor parte de la comunidad científica piensa que el llamado “mensaje de Chilboton” fue obra de artistas que trabajan en el radiotelescopio vecino.

Una botella en el gran océano interestelar

En agosto y septiembre de 1977, la NASA envió al espacio las sondas espaciales Voyager. Cada una lleva consigo un disco dorado que contiene saludos en distintos idiomas; sonidos de la Tierra: un beso, el viento, la lluvia, el mar, un terremoto, el código Morse, aves, tractores… También una electroencefalografía, 116 fotos de nuestra civilización y 90 minutos de música (oriental y occidental), incluyendo un canto nocturno del pueblo navajo, una pieza de shakuhashi japonés, una canción del pueblo pigmeo, una canción de bodas peruana, una canción china de 3 mil años de antigüedad, Bach, Beethoven, Mozart, Stravinsky, Louis Armstrong, Blind Willie Johnson, Chuck Berry… Por cierto, ¿qué otros sonidos habrías grabado tú?

Las instrucciones del disco, “escritas en lo que creemos que son jeroglíficos científicos fácilmente comprensibles”, dijo Carl Sagan.

Por supuesto, nada garantiza que los discos vayan a ser encontrados, si es que hay alguien allá afuera que pueda encontrarlos. Pero si eso ocurre en algún futuro remoto, escribió Carl Sagan alguna vez, “por más incomprensibles que resulten las grabaciones de las Voyager, cualquier nave extraterrestre que las encuentre tendrá otro estándar sobre el cual juzgarnos, porque cada Voyager es por sí misma un mensaje. En su intención de explorar y la gran ambición de sus objetivos, en su nula intención de lastimar, en su brillante diseño y rendimiento, estos robots hablan elocuentemente por nosotros”.

“(…) Nos habremos destruido a nosotros mismos desde que lanzamos las Voyager, se preguntarán esos extraterrestres, o habrán avanzado hacia cosas más grandiosas.”

Esa pregunta, por cierto, será igual de válida para los hipotéticos extraterrestres del futuro, como lo es para la humanidad hoy mismo.

Señal Wow!

Unos días antes de que la primera sonda Voyager fuera lanzada al espacio, el 15 de agosto de 1977, el radiotelescopio Big Ear, en Ohio, EEUU, recibió una señal de radio de origen desconocido. La señal tuvo una duración de 72 segundos. Pero nadie sabe qué era, pues no fue grabada. Solo quedó registrada en una sección de papel continuo donde la computadora imprimía todo lo que captaba. Unos días después, el joven astrónomo Jerry R. Ehman encontró el registro de la señal en la banda de papel, al margen del cual anotó, con su pluma, la expresión de asombro wow!

Se cree que podría provenir de la constelación de Sagitario (a 17 mil años luz de la Tierra). Pero como nunca se ha logrado volver a captar, el origen de la señal continúa sin ser probado.

La famosa “señal Wow!”, captada por el radiotelescopio Big Ear, en Ohio, EEUU. No fue grabada. Solo quedó registrada en una sección de papel continuo donde la computadora imprimía todo lo que captaba. El “wow!” escrito al margen fue obra del joven astrónomo Jerry R. Ehman.

Como sea, nadie quita el dedo del renglón y seguimos explorando el espacio con todas las herramientas a nuestro alcance: con sondas espaciales, con naves y astronautas y, desde luego, con mucha onda… electromagnética.

Algún día, quizá, recibiremos respuesta. Bzzzzzzzzz…

—Por Alberto.