Frankenstein o el Zombistórico

Te voy a contar una pequeña historia de horror que comienza con un papalote y termina con cadáveres que bailan.

En 1752, Benjamin Franklin construyó un papalote con estructura de alambre y una llave amarrada al otro extremo del hilo. Y salió a volarlo, como si cualquier cosa, en medio de una tormenta.

Franklin no murió electrocutado aquel día, sino que, tal como esperaba, la llave metálica se cargó de electricidad. Es decir, comprobó que las nubes están cargadas de electricidad y que era posible gobernar el rayo, para dirigirlo a donde sea que uno quisiera.

Así, como tantas otras que conoces o conocerás, comienza nuestra historia de horror: con un científico en medio de la tormenta, que trata de atraer un rayo y lo consigue. Excepto que nuestra historia no es ficticia.

Dos décadas más tarde, Luigi Galvani, otro científico, aplicó accidentalmente una descarga eléctrica a la pata de una rana. Y la pata del cadáver se movió. Fue un movimiento breve, instantáneo, pero definitivamente ocurrió.

El descubrimiento de Galvani no quedó ahí y realizó más experimentos, hasta que en 1791 publicó sus resultados en un libro: De viribus electricitatis in motu musculari commentarius, en donde da cuenta de que los músculos se mueven gracias a la electricidad.

El descubrimiento de Galvani atrajo la atención de otros científicos y médicos, que los repitieron aquí y allá, incluso, con cadáveres humanos destinados a las fosas comunes o de condenados a la horca.

Imagina eso: un cadáver humano al que le es aplicada electricidad directamente en un nervio para mover, digamos, un dedo o una mano y luego un pie. Ahora, imagina que el científico aplica algo más de corriente a ese otro nervio, que mueve los músculos de la cara y, de pronto, a medida que varíe el voltaje, surgirá delante de ti un carrusel frenético de muecas de preocupación, de angustia, de risa, en el rostro de un cadáver. Una espantosa danza entre la electricidad y un cuerpo muerto, cuyos músculos son traídos, momentáneamente, de nuevo a la vida.

Ésa es nuestra pequeña historia de horror, que comenzó con un papalote y terminó con cadáveres que bailan.

Como dijo Jack el destripador…

Vámonos por partes.

Los experimentos anteriores impresionaron y asustaron a mucha gente al final del siglo XVIII y comienzos del XIX. Una de esas personas impresionadas fue Mary Godwin Wollstonecraft, más conocida como Mary Shelley, la célebre autora de una novela que tal vez conoces: Frankenstein.

Su novela junta los fragmentos de historia reales que te conté antes para crear una nueva, ficticia: un científico que atrae el rayo y lo dirige hacia un cuerpo muerto, que construyó de partes de cadáveres, para traerlo a la vida.

Es decir, Frankenstein está hecho no sólo de partes de cadáveres, sino también de partes de la historia.

Igual que Mary Shelley, nuestro amigo Hugo Montaño, a quien conoces como el «detective cósmico», quiso hacer su propio experimento. Así que rebuscó entre las páginas de la historia, que quién sabe por qué no sólo está llena de cadáveres, sino hasta de fragmentos de cadáveres. ¿Y qué crees que encontró ahí? Pues la lengua de Belisario Domínguez, la cabeza de Pancho Villa, la oreja de Van Gogh, la pierna de Santa Anna…

Con todas esas partes, vamos a decir, «históricas», imaginó que podría él construir su propio Frankenstein. Lo llamó Zombistórico. Nos mandó su dibujo, para que nos lo imaginemos mejor.

Escribió también una entretenida carta (dirigida a su hijo), donde explica el origen de algunas partes del Zombistórico. Puedes leerla aquí: Carta para Minimí sobre algunas curiosidades frikis.

¿Cuántas partes habrá todavía por ahí, en la historia y en los cuentos? Ojos de vidrio, patas de palo, manos de garfio…