Complot continental de niñas y niños

Ilustración: Gabriela Soriano.

NIÑAS Y NIÑOS, CAMARADAS EN ESTE COMPLOT SILENCIOSO:

Sirva la presente a modo de invitación para que los actos aquí relatados –y sus resultados−, sean revertidos y el gobierno de los adultos, derrocado.

Luego de siglos y siglos de injusticias que pueblan la historia universal, hemos concluido: los adultos deben lo que hasta ahora han llamado progreso a su relación con la basura.

En nombre de ellos mismos, los adultos conquistaron montañas de basura sobre las que erigieron castillos, palacios y templos de basura. Nacían y morían reyes y papas vestidos en basura, que usaban coronas, mitras y cetros de basura. Se realizaban (y se realizan aún) torneos, batallas y concursos de basura. Las guerras se tratan siempre de basura. En un bando y otro no hacen más que aventarse palos y piedras, o bombas y misiles. Y a toda esa basura la llaman, con solemne aire, “cosas de adultos”.

En nombre de ellos mismos, los adultos conquistaron montañas de basura sobre las que erigieron castillos, palacios y templos de basura. Nacían y morían reyes y papas vestidos en basura, que usaban coronas, mitras y cetros de basura. Se realizaban (y se realizan aún) torneos, batallas y concursos de basura. Las guerras se tratan siempre de basura. En un bando y otro no hacen más que aventarse palos y piedras, o bombas y misiles. Y a toda esa basura la llaman, con solemne aire, “cosas de adultos”.

Y todo eso ha tenido consecuencias...

Recientemente, se ha hallado una pequeña isla en formación al norte del Pacífico, donde aún queda superficie suficiente para las jugosas aspiraciones del reino de la basura. Por ahora, es perfectamente grande para llamarla isla (¡1 millón 400 mil kilómetros cuadrados!), pero demasiado pequeña todavía para que cualquier adulto pueda colocar ahí su triunfal bandera ondulante.

Se trata de una enorme mancha de plástico y partículas de basura que navegan en un silencio de acecho, a varios kilómetros de nuestros ojos.

Hablamos, pues, de un gigantesco banco de mugre y toxicidad acuática formada por tickets de espera para las colas en los bancos, cuentas de la compra, tacones de zapatillas, envolturas de regalo, botellas de refrescos y líquidos limpiadores, boletas de calificaciones, fotos infantiles en blanco y negro, actas certificadas con dos copias, uñas postizas de todas las tías que vienen a apretujarnos los cachetes en diciembre… Todo eso, entre muchas otras cosas, más y menos desagradables.

Pero, camaradas, hacen falta todavía toneladas de basura para que este nuevo reino eche su raíz en nuestras aguas. Y los adultos lo saben.

Por eso abarrotan los bancos, las tiendas, las boutiques; nos llevan a las escuelas e invitan a las tías en cada navidad. Porque ambicionan esa isla, para anexarla a su territorio.

Lo que no saben −y en esto debemos sentar nuestra ventaja− es que ahora lo sabemos.

Comenzamos ya una revolución callada contra este socialismo terco de basura. Y cualquier día, entre una y otra actividad adulta, habremos de dar nuestro pequeño gran golpe de Estado.

Es decir, querremos tomar la siesta a la hora de ir al banco; haremos rabietas del todo incontrolables en medio de las compras del área de perfumería. Nos convertiremos en el enemigo público número uno de la cristalería. Nos perderemos entre los maniquíes y obligaremos a los adultos a detener todas sus actividades, para poner en marcha el operativo del centro comercial y localizarnos.

Todo esto, camaradas, habrá de parecer un abuso, un absurdo acto de guerrilla. Y no estará lejos de la verdad. Pero si algún día decidimos darle fin, será solo porque los adultos habrán dejado de tener tanta basura en la cabeza. No antes.

Les enviamos un abrazo, resorteras cargadas y otras provisiones para la felicidad.

Comando de Niñxs en Saludable Guerrilla

—Por Gabriela Rodríguez Reyna.